Tarta de uvas de Nöel

nov 15 2013 en Cocina de cosecha, Recetas por Fernanda

Pollitos

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Este domingo mi pollo pequeño ha cumplido sus 18.

¿Es posible? –se pregunta una.
O mejor: ¡no es posible! –se dice una a sí misma.
Pues sí; sí es posible, bombón.
Acabas de cruzar esa frontera imaginaria que al otro lado tiene una colonia -nudista, ¡por supuesto!… a esta edad, si hay algo que nos podemos permitir las mujeres, por fin, sin duda es ¡¡ESO!!

Bueno, a lo que iba, una colonia de mujeres con hijos que han cumplido la edad legal de fumar porros (¿o eso aún no es legal?), de comprar alcohol, de entrar en esos antros del infierno que no cierran hasta muy tarde, de querer sacarse el carnet de conducir, de llevar una vespa junto a toda esa panda de tíos descerebrados que van en su coche acelerando como si no hubiera un mañana, de precipitarse a ver el mundo -a ser posible entero y cuanto antes mejor-, de casarse sin habértelo comentado antes y de unas cuantas cosas más del mismo estilo.

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Pero no. La verdad es que mi pollo pequeño no es así. Para nada.
Soy una madre afortunada; es verdad y no creáis que no lo sé.
Cuando me quedé embaraza del pollo en cuestión, yo no quería tener más hijos. Porque entonces no era nada feliz, y ya sabía que necesitaba una vida distinta.
Sin embargo, al fin y a la postre resultó que el pollo en cuestión es de lo mejor que me ha pasado en la vida.
Cuando me crecía la barriga, después de volver más sola que la una de la ecografía ésa en la que te dicen si el rorro va a ser niño o niña, me recuerdo escribiéndole a mi mejor amigo, contándole mi pavor a no saber ser una buena madre para este bebé, porque era… una NIÑA!!! (cada uno arrastra sus propios fantasmas).
Después me recuerdo en el mes de agosto, en Benicasim, en esa playa que yo adoro, con una barriga de ocho meses, bajando al mar a las nueve de la mañana con mi bañador premamá de volantitos turquesas mientras leía novelas con los pies metidos en el agua, un ojo en la novela y el otro sobre el hijito que correteaba por la arena.
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Y después me recuerdo recién subida del paritorio, cuando fui al baño y me levanté el camisón delante del espejo, el camisón de algodón blanco con topos lila con el que también había parido a mi hijo, manchado aquí y allá de sangre y de betadine, y me miré con detenimiento aquella barriga sorprendentemente plana y ligera, esponjosa y sin tensión, morena como si me hubiera tirado tres meses al sol desnuda, con esa línea que parecía dibujada con una tiza de color tabaco oscuro entre mi ombligo y mi pubis…
Lo que hacía quince minutos estaba allí dentro dando pataditas estaba ahora en una cunita de plástico transparente, coronada por una melena de rizos negros y vestida con un pijamita blanco con lunares rosas, y se iba a llamar Noël. (Noël, que quiere decir Navidad, es decir, lucecitas, ilusión infantil, regalos inesperados, y sobre todo, inocencia que no se termina, da igual los años que una tenga).
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El año que en que parí a Noel fue uno de los años más importantes de mi vida.
Fue el año en que mi vida cambió, el año en que encontré la pista que llevaba tantos años buscando.
El año en que entendí que era un pato entre cisnes, o un cisne entre patos; el año que encontré una tribu a la que sentí que podía pertenecer. El año que entendí que era mucho más fuerte de lo que creía, el año que estudié como una burra para intentar sacar unas oposiciones mientras mi barriga crecía y mi mundo conocido se desmoronaba, y mi abuela, la mujer que más he admirado, se moría el día antes de mi último examen. El año que entendí que mi destino era mío y que precisamente por eso iba a cambiarlo.
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Mientras, en las largas tardes de agosto, mientras mi pollo empujaba sus pies contra mi barriga como si fuera un alien, yo le cosía cobertores y nanas, forradas con tela de ruso blanca, como las que había cosido la costurera Carmen para mis muñecas, guatadas y cubiertas de encajes artesanos y telas Liberty con florecitas azules: todas mis debilidades combinadas.
Hago justo lo que debe hacer una madre: me entrego confiadamente y de cabeza a mis antojos mientras el pollo que incubo escucha en la música de las puntadas de mi máquina de coser -esa partitura maravillosa e irresistiblemente vital del vínculo a ciegas, de la premonición- el fraseo más emocionante y extraordinario de toda la música de la propia vida. De nuestra propia vida: de la suya y de la mía, que están unidas como las dobles puntadas de los pespuntes que dibuja mi máquina sobre su saquito de bebé.
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Mi pollo nació y tuvo una vida familiarmente complicada desde el principio.
Pero yo no la solté ni un día desde el primero. Ya me podían decir que la iba a malcriar… A mí por uno me entraba y por otro me salía. En esa crianza sólo mandé yo. (Por fin.) Me la llevaba a todas partes. Lo primero que me compré fue una mochila (si hubiera nacido hoy me hubiera comprado uno de esos fulares maravillosos donde los metes como en una bolsa de canguro) y no la soltaba ni para ir a clase de catalogación ni para pasar el aspirador. Noel se crió como los monos, colgada de mi piel, y eso seguramente le ha venido de cine.
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Aún así, durante meses, cuando tenía cinco años, la dejé llorando en el colegio cada mañana, agarrada a mis faldas. No es lo mismo que cuando tu bebé tiene 18 meses y la dejas el primer día en su primera guardería. No es lo mismo para nada.
Cuando tres meses después de aquel septiembre llegó la Navidad, todo el colegio sabía que Noel era esa nena que seguía llorando todas las mañanas aunque ya tenía cinco años.
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Pero este pollo era uno de esos que están destinados a sobrevivir a lo que les echen.
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No hay mas que verla hoy.
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Soy muy consciente de que entre estas dos últimas frases hay un mundo entero, un mundo fascinante que consiste en quedarse embobada cada día cuando te enseñan lo que han hecho, lo que han escrito, lo que han dibujado, lo que han sentido, lo que han aprendido… Pero no creo que sea capaz de meter eso en lo que puede durar -razonablemente- una conversación como ésta.
Así que lo dejaré aquí. Mi pollo ha empezado a ir a la Universidad: por la mañana se pone una camisa de hombre encima de su ropa, una camisa tres tallas más grande que la suya llena de manchas de pintura, se prepara un termo con té aromático, se carga un rulo de plástico lleno de dibujos que es casi más grande que ella y una mochila al hombro y se va a su facultad a estudiar arte.
Para mí es emocionante.
Porque es lo que yo hubiera querido hacer (y lo que de hecho empecé a hacer) y no tuve el coraje de terminar de hacer.
Porque sin ninguna duda es lo suyo.
Y porque ella sí se ha atrevido a hacerlo.
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Siempre he estado muy orgullosa de mis dos pollos. Siempre.
En este cumpleaños, además de orgullosa, me siento muy afortunada.
Porque aunque me desgañite con ella hoy sí y mañana también por el (p…) orden de su cuarto y su enervante arte de llevar el procrastinating hasta el jodido día del Juicio Final, es una mujer que es profundamente mujer.
Una mujer que entiende lo que es ser feminista igual de bien que Caitlin Moran (y que es igual de divertida).
Una mujer que ya tiene y tendrá siempre muchas cosas que decir.
Una mujer buena que no puede vivir lejos de la belleza cotidiana y por eso va dejando los trozos que ella inventa por todos los lados.
Una mujer, en fin, que siente esa pasión radical de estar viva. (Y nosotros tenemos la suerte de sentirla vibrar a nuestro lado, como un cosquilleo eléctrico que nos despierta y nos ilumina.)
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Y eso me hace sentir muy feliz.
Muy feliz por ella.
Porque son mejores dones que los que otorgaron las tres hadas buenas a la Bella Durmiente.
Y muy feliz por mí, porque es un poco como haber sembrado pequeñas semillas y haber recogido unos melocotones tan bonitos y apetecibles que tiran de espaldas.
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Feliz cumpleaños, pollito.
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Vas a ser
(eres)
todo un pedazo de mujer.
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p.d.: pero… RECOOOOOGE, COJOOOOO…
( :D :D :D )
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Así que hoy no hay elección: ¡toca la tarta preferida de mi pequeño (¡¡¡) pollo: tarta de queso y uvas a la Nöel!
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tarta de uvas y queso a la Noel

{para una merendola}
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  • 840 gr de leche condensada (un bote, vaya)
  • 750 gr de queso batido tipo Quark (dos botes, vaya)
  • 5-6 huevos
  • 300 gr de galletas tipo Digestive (tírale diagmos un paquete)
  • 100 gr de copos, tipo Kellog’s Special K (tres puñados)
  • 8 dátiles sin hueso (yo he gastado unos maravillosos que se llaman dátiles del Rey Salomón, pero no es preciso para nada que sean tan espectaculares…)
Triturar los dátiles en un procesador.
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Triturar las galletas y los copos. Unirlo todo amasando con las manos hasta conseguir una masa pastosa. Forrar con esa masa un molde desmoldable haciéndole una pequeña pared para contener el relleno.
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Batir los huevos con el queso y la leche condensada. Verter cuidadosamente sobre la tarta. Meter en horno precalentado a 160 grados (se gasta una temperatura baja para que el relleno no se hinche, forme burbujas gruesas y se cuartee) de 40 a 70 minutos, hasta que esté dorada y ligeramente hinchada.
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Mientras la cocemos, preparamos el baño de brillo y las uvas.
Elegimos unas uvas bien bonitas (en mi caso, un precioso racimo de uva blanca Rosetti) y separamos los granos en dos grupos por su tamaño. Los partimos por la mitad y sacamos las pepitas con la punta de un cuchillo. Disponemos las mitades de uva sobre la tarta fría empezando por las más grandes, reservando las más pequeñas para los círculos interiores.
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Para hacer el baño de brillo, desleímos un sobre de gelatina en polvo neutra, si es tipo Royal, que lleva sobres de 10 gr, o dos sobres si es tipo Vahiné, que lleva sobres de 6 gr, en medio vaso de agua fría, junto a dos cucharaditas de azúcar blanco. Le añadimos medio vaso de agua hirviendo y removemos hasta que se disuelva por completo. Lo dejamos enfriar fuera de la nevera (¡importante!) hasta que la textura vaya cambiando y se haga espesa.
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Justo antes de que empiecen a cuajar las primeras placas de gelatina, cuando aún tiene la consistencia de una papilla densa y perfectamente transparente, bañamos la tarta con la ayuda de una cucharita, y a la nevera. Allí acabará de cuajar y quedará recubierta de una preciosa capa cristalina, que además de darle un aspecto de lo más romántico protegerá la fruta y la conservará mejor.
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Truqui:
igual que una conversación intelectualmente exigente, un amigo al que termina de dejar su novia/o, un concurso de pasapalabra o un cumpleaños con 20 niños, la gelatina es una cosa puñetera de por sí.
Si se nos pasa de punto por aquello de que las mujeres* nos encandilamos con ná, la metemos en el micro, función descongelar, medio minuto, la batimos, y volvemos a empezar… Es un poco aburrido pero funciona como un clavo.
* Porque es asín (perdóname mi adorado Pepinho, pero tengo la impresión de que ahí fuera no hay ningún hombre (bueno. igual uno) (o dos!) (iujuuuu!!!)
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He buscado una cita especial en mi cuaderno de citas para ti hoy.
Y la he encontrado.
En diciembre de 1983 anoté esto:
“Las únicas personas que me gustan son las que están locas: locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas; deseosas de todo al mismo tiempo, aquellas que nunca bostezan o dicen trivialidades, sino que arden, arden, arden cual fabulosos fuegos de artificio.”
Esto lo escribió Jack Kerouac, un tipo que sin duda te gustaría.
Y te diré una cosa: seguro que el amigo Kerouac opinaría que, a ese respecto, llevas anotadas ya unas cuantas docenas de home runs.
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Feliz cumpleaños sirenita.
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Feliz semana a todos!
Fotografías, Rafael Bellver.