Crema de naranjas y sol

feb 13 2013 en Cocina de cosecha, Recetas por Fernanda

Preparar una limonaia

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Hace muchos años, en una época pasada, había un hombre que vivía solo en la tierra del hielo y del viento blanco que no cesa nunca. Era una tierra áspera y una vida dura, donde sobrevivir a cada día era un trabajo que lo exigía todo de uno mismo.

“Un día estuvo cazando hasta después de anochecido pero no encontró nada. Cuando la luna apareció en el cielo y los témpanos de hielo brillaron, llegó a una gran roca moteada que sobresalía en el mar y su aguda mirada creyó ver en la parte superior de aquella roca un movimiento extremadamente delicado. Se acercó remando muy despacio a ella y observó que en lo alto de la impresionante roca danzaban unas mujeres tan desnudas como sus madres las trajeron al mundo. Pues bien, puesto que era un hombre solitario y no tenía amigos humanos más que en su recuerdo, se quedó a mirar. Las mujeres parecían seres hechos de leche de luna, en su piel brillaban unos puntitos plateados como los que tiene el salmón en primavera y sus manos y pies eran alargados y hermosos.”*

El hombre permaneció cautivado mirando las evoluciones de aquellas mujeres fascinantes. Cuando llegado un momento su danza terminó, las mujeres fueron a buscar sus pieles de foca dando pequeños gritos de gozo. Se las ponían y se sumergían en el mar. Todas, menos una. El cazador había escondido una de las pieles de foca. Los gritos de la mujer que había perdido su piel de foca se levantaron como los de un lobezno, agudos, interpeladores.

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El hombre le pidió a la mujer que marchara con él, siete años. Si después quería volver con sus hermanas, él le devolvería su piel y ella podría volver.
La mujer foca, perpleja, dudó un momento y después aceptó.  En esos años dio a luz a un hijo, Ooruk, al que adoraba y que se criaba feliz como un cachorro. Le enseñó todas las cosas de su mundo marino lejano. Los nombres de las criaturas, la naturaleza de las olas y los vientos.
Cuando el séptimo año se cumplió, la mujer empezó a perder su belleza extraordinaria; su piel languidecía, se adelgazaba, se caía a trozos. La mujer habló con su marido y le pidió que le devolviera su piel.
Su marido le respondió que no podía devolvérsela. Sabía que si se la daba se marcharía para siempre.
Esa noche, Ooruk, que quería a su madre con locura, oyó una voz. Ooruk se levantó de la cama y siguió la voz, que le condujo hasta la piel de foca robada. Ooruk la cogió y la llevó perdiendo el aliento hasta su madre, aunque intuía con toda claridad lo que iba a suceder.

La mujer foca, conmovida, miró a su niño con los ojos llenos de amor, y sopló tres veces sobre su boca. Se echó la piel robada sobre los hombros, y mientras su cuerpo se transformaba recuperando su antigua vitalidad, tomó en brazos a su niño como un fardo y se sumergió con él en el mar.  Allí le entregó la experiencia de un mundo nuevo, al que él también pertenecía por derecho.
Unos días después la mujer devolvió a su niño a tierra firme llorando, porque sabía que aún no había llegado su hora. Pero su amor le transformó en un cantor extraordinario, cuya leyenda se transmitió a lo largo de generaciones. Y dicen que a menudo se le vio después, años tras año, con su kayak amarrado a una roca, hablando con una criatura que parecía una gran foca…

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Durante siglos las mujeres hemos trazado lazos entre mundos distintos. A través de nosotras otros han pasado de un mundo a otro.

Nos hemos pasado los siglos conectando el mundo de los hombres con el de las mujeres, conectando a los hijos y las hijas con sus padres, a los padres con sus hijos y sus hijas y sus madres, el mundo de dentro con el mundo de fuera. Creando mundos donde proteger a los que venían del frío.

Hemos nacido equilibristas y médiums; pero son oficios de mucha pericia y a menudo somos nosotras mismas las que nos caemos del trapecio.

Esa piel de foca del cuento es nuestro cordón umbilical, nuestra barra de trapecista, lo que nos conecta con nosotras mismas.

En este siglo del futuro sigue siendo sencillo que una mujer pierda su piel de foca: robada, extraviada, olvidada, qué más da… La piel del instinto profundo, la que la protege de todo daño verdadero. De hecho, quizá es más fácil ahora que hace cien años. Porque ahora parece que las mujeres sólo nos vemos en la obligación de hacer lo que queremos hacer.

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Nada más falso. Y para separarse de esa historia oficial hace falta más arrojo del que necesitan la mayoría de los hombres para enfrentarse con su vida.

“Lo que queremos hacer” es la trampa más grande a la que se enfrenta cualquier mujer de este siglo.

Desde hace siglos hasta ahora, en muchos pueblos de la Italia provenzal hay una habitación a la que llaman limonaia. Es una habitación acristalada y soleada donde los naranjos y los limoneros se colocan a resguardo cuando comienzan las heladas invernales.

La naranja es una fruta femenina que combina la mitología del verano eterno y la de la sabiduría madura. Es una fruta que las mujeres deberíamos tener muy en cuenta, porque las naranjas más extraordinarias son las que combinan misteriosamente acidez y dulzura en la proporción exacta.

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Quizá todas las mujeres de hoy deberíamos tener nuestra propia limonaia a la que acudir cuando nos desequilibramos, para poder partir una naranja, darle un buen bocado y recordar que no se puede prescindir ni de la acidez ni de la dulzura.

La dulzura que nos acerca a los demás, la acidez que nos resguarda de la entrega excesiva.

Porque cuando nos desorientamos y nos dejamos arrastrar por una dulzura sin lucidez, entramos en ese coma diabético del corazón que no se entera de lo que le pasa.

Decimos que no pasa nada cuando en realidad hay una procesión entera de emociones violentas en marcha. Decimos que no estamos enfadadas cuando en realidad se nos llevan los demonios. Decimos que podemos cuando en realidad estamos agotadas. Nos despertamos por la noche con una pesadilla en la que nos defendemos de alguien, en la que pegamos a alguien, en la que intentamos gritar y no podemos. Sonreímos y decimos que no importa, pero sí importa. Aguantamos, cerramos la boca, apretamos los puños y no decimos nada, pero lo que querríamos es perder de vista definitivamente algunas cosas. Odiamos, y al mismo tiempo sentimos claramente que no nos lo podemos permitir.

Y nos pasa como a las chimeneas que se cuidan con negligencia: los residuos de las combustiones forzadas se acumulan sobre las paredes, y un buen día se encienden, y detrás de ellas prenden fuego a todo lo que encuentran a su paso. Son los días en que ser mujer es una bomba de relojería.

Cuánto amor por una misma hace falta para atreverse a decirnos la verdad sobre cada cosa de las que hemos elegido o nos han sobrevenido en nuestra vida, para aceptar lo que de verdad sentimos, para arriesgarnos a que se nos vea como somos, para apostar y quizá perder lo que creemos que tenemos.

Para aprender a soltar las cosas. Para recordar cómo estar tan solas que podamos volver a escuchar con claridad nuestra propia voz.

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Pero es así.
No hay duros a cuatro pesetas y sin valentía no hay nada de nada. Y las naranjas nos lo recuerdan, nos armonizan con nosotras mismas.
Nos susurran que todo es una cuestión de equilibrio.

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Hoy, una crema llena de sol y brillo de naranja: sensaciones que nos recuerdan cómo desnudarnos, cómo ir hacia dentro, cómo mirar a los ojos y cómo decir la verdad.

Queridas todas: buscad vuestras pieles de foca, vuestras pieles perdidas, olvidadas, robadas. Llamadlas. Y no os preocupéis: cuando a veces nosotras no podamos ir a por ellas, habrá un Ooruk que recogerá la llamada y nos las traerá de vuelta…

Crema de naranjas y sol

para cuatro personas

  • 8 zanahorias
  • el zumo de una naranja y de dos naranjas sanguinas, o el de dos naranjas
  • un poco de jengibre fresco rallado, entre un pellizco y dos cucharadas soperas
  • caldo vegetal, un litro y medio o más
  • 2 cebollas
  • 3 dientes de ajo
  • una taza de anacardos (si es posible crudos)
Poner los anacardos en remojo, como mínimo media hora.

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Picar la cebolla y sofreírla con los dientes de ajo picados hasta que quede transparente. Añadir las zanahorias, sofreírlas.

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Añadir el zumo de naranja, el caldo vegetal (de litro y cuarto a litro y medio) y el jengibre.
Con el jengibre pasa como con el picante: tiene una forma muy poco discreta de hacerse presente en los platos. Así que hay que pensarlo bien antes de decidir la cantidad según quién somos a comer. Ese perfume inconfundible que tiene hay quien lo adora y hay a quien no le gusta nada (mi hija sin ir más lejos dice que sabe a Nenuco).
Si sois unos apasionados del jengibre fresco, podéis acercaros a las dos cucharadas soperas. Su aroma envolverá la crema, y le aportará esa llamada refrescante y energética que le caracteriza.
Si no os gusta, prescindir totalmente de él, y si os gusta sólo como una nota desvaída de las que va y viene, con un pellizco será suficiente.
Dejar cocer a fuego lento una media hora, hasta que la verdura esté muy tierna.

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Dejarla enfriar diez minutos.
Pasar los anacardos por la trituradora con un par de cucharadas de su agua de remojo.
Añadir la pasta de anacardos a la olla. Es el momento de pasarlo todo por la batidora, hasta obtener una textura fina, cremosa y homogénea.  Ajustamos la densidad con más caldo a nuestro gusto, y el punto de sazón con sal y pimienta.

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Adornamos con unas ralladuras de cáscara de naranja y de zanahoria, y una hojita de perejil.
La mejor crema para un día sin sol o sin piel de foca.

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Después de esta dosis de vitaminas, ¡qué mujer no vuelve a relucir como si se hubiera tragado una bombilla!
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Feliz semana a todos!
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Fotografías, Rafael Bellver
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*la historia original de la piel de foca perdida la podéis leer en: Mujeres que corren con los lobos, Clarissa Pinkola Estés.