Ensalada de higos, melón y cigalas

jul 7 2012 en Cocina de cosecha, Recetas por Fernanda

Julio. Casi noche. Viene un levante fuerte, grandes cadenas de nubes azules cruzan deprisa un cielo que va perdiendo los últimos gramos de luz.

Verano significa ruptura. Con las rutinas, con las obligaciones que necesitamos pero no hemos elegido, con los horarios rígidos, con los guiones en los que nos hemos ido incrustando. Con las relaciones que no avanzan, con los muros con los que nos estampamos todos los días. Significa laxitud, tiempo, disfrute, contemplación.

Significa también  ligereza. Porque el polvo que nos dejan encima todas esas cosas con las que ahora por unos días rompemos pesa en el corazón.

Así que llega Julio, y ya sea en pleno chapuzón o anticipándolo como quien se relame, nos levantamos ese polvo que pesa como ralladuras de acero con unas cuantas sacudidas de perro mojado. Sonreimos. El mundo es más ancho. Es más sencillo. Más luminoso. Más ligero. Nos acordamos de esa sensación de soplar con un tubito sobre agua y jabón y ver desplegarse sin peso una marea de burbujas aéreas y sonrosadas. Suceden cosas que no pasan los días ordinarios.

Por ejemplo, ésta:

Las nueve de la noche en un chiringuito de cala colgado sobre el mar, en una pequeña terraza rocosa llena de pinos. Se está haciendo de noche. Poco a poco aparecen estrellas en el cielo azul liláceo, pálidas aún. El mar va cambiando de color y pierde el brillo de la luz, se va poniendo de color acero y las olas se convierten en olitas, el chasquido contra las rocas se convierte en una especie de arrullo rítmico. Cutty Shark y lenta contemplación mientras esperamos que aparezca el grupo de jazz que hemos venido a oír.

a
091207_070

Aparecen y se colocan en una pequeña y destartalada plataforma de madera bajo los pinos. Traen un montón de armatostes metidos en fundas negras y una lámpara de pie de comedor con la pantalla sujeta con pinzas. La dueña del chiringuito los saluda con besos y abrazos y enciende una tira de lucecitas de bajo consumo que recorre las copas de los pinos, saltándose todas las medidas de seguridad imaginables. Los músicos esparcen su impedimenta. Chelo, la dueña, saca otra lámpara de comedor para las partituras.

a
060805_115JPEG

Ya no queda luz. Las estrellas se multiplican. Los grillos empiezan a cantar. La mezcla de músicas de los grillos y el mar lo envuelve todo.

Frente a mí, hacia el oeste, sobre las montañas lejanas aún queda luz, como una aguada clara en una esquina del cielo.

Detrás de mí la ancha noche oscura y el mar negro, pespunteado por los farolitos ambarinos de las casas de veraneo que están a sus pies. Arriba, a la izquierda, sobre el techo verde bajo el que estamos, está la carretera que ciñe la pequeña montaña, rodeada de más pinos. Los coches circulan despacio y las lucecitas amarillas aparecen y desaparecen entre los árboles como fluctuantes gotas doradas.

a
161108_081

Es la hora. Los músicos comienzan a tocar mientras la gente cena relajadamente, atacando Watermelon Man*. Es una canción maravillosa, que hace que te hormiguee toda la espina dorsal y te hace moverte sin que haya resistencia posible. El murmullo de emoción que produce en la gente la entrada de los cinco instrumentos a la vez con los primeros acordes de esa canción es algo palpable. La música desgrana la noche, los músicos reinan y el placer se puede morder como una fruta llena de aroma.

Me vuelvo hacia el mar y me protejo del brillo de las luces con la mano. El cielo está cuajado de estrellas. En el oeste se apaga el último hilo de claridad. Huele a pinos, a lentisco y a mar. Aspiro profundamente.
Qué maravilla.

Hoy, una ensalada de verano que se prepara en quince minutos, para que podáis ofrecer a vuestros amigos un trocito de sensación de libertad de verano colgada sobre una montaña de pinos (o sobre el comedor de vuestra casa!)

a

Ensalada de higos, melón y cigalas

para cuatro amigos y una noche al raso

  • un melón maduro
  • ocho higos
  • una docena y media de cigalas, langostinos o mitad y mitad (pueden ser cocidos)
  • dos puñados de rúcola
  • medio limón
  • medio pomelo
  • unas gotas de tabasco
  • cuatro tomates de pera
  • un buen aceite de oliva
  • tabasco
  • sal y pimienta

Cortar los higos en cuartos y vaciar medio melón haciendo bolitas con un vaciador (los venden en ferrerterías; si no tenemos, lo cortamos en cubitos pequeños).

a
050712_010

Disponer los higos y el melón como una corona alrededor del plato. Colocar la rucola en el centro, y sobre ella el marisco cocido y pelado (si lo hemos comprado sin cocer, sumergirlo cuatro minutos en agua hirviendo con sal y cuando esté frío pelarlo).

Preparar el aliño: colocar en el robot de cocina el zumo de medio limón, de medio pomelo, los tomates cortados y unas gotas de tabasco. Procesar hasta que emulsionen. Añadir aceite, sal y pimienta, probarla y ajustarla a nuestro gusto.

a
050712_019

Rociar la ensalada con el aliño.

a
050712_043

Y fin. Una ración de sabrosa ligereza de verano. Aprovechad, concentrad vuestras fuerzas, quitaros el polvo, sacudiros bien. Procurad jugar algún rato como cuando éramos pequeños. Al cuerpo ya lo habéis mimado con estos higos dulces, y no encontraréis nada más refrescante para el espíritu… tándem perfecto!

a
050712_030

a

Muy feliz fin de semana a todos!

a

*fotografías, Rafael Bellver

*Watermelon Man